sábado, 1 de diciembre de 2012

Pulque






“El pulquero que lo entiende,
más agua que pulque vende”


Nuestro pulque anti- romántico y prosaico era lo que se tomaba en el siglo XIX en estas tierras, pero mi amigo formidable ganó. Este individuo es el cervecero, cuya maldita cerveza desalojó el pulque de las mesas aristocráticas. Aunque ahora sé que la cerveza se ha quedado, como el pulque, ahora los ricos toman champagne o ¡champán! Déjeme contarles mi ocupación hace un par de siglos (y si no quieren pos ahí les va). Mi oficio de pulquero, aunque poco a poco se ha ido cambiando de nombre y actualizado, la función es la misma del cantinero o que del barman. 
Allí, detrás de aquel mostrador húmedo y de olo, no pulquérrimo, entré el y una batería de cubas de varias dimensiones, estaba yo, de talante jovial y mis ojos eran unos: ojos inteligentes (que de los dos sólo me queda uno, un día que salí de noche ahí por la plaza San Jacinto, entré a un bar que se llama “el Mama-Rumba” y entre tanto zangoloteo, perdí mi ojo, se cayó, pero esa es otra historia. Estábamos contando de mi apariencia, les decía: … era rápido en mis movimientos y estaba dispuesto a entablar plática con el primero que llegara y se me plantara en frente de mis narices chatas, aquella alma achicopalada y que quisiera contar algo. Parecía de un mal genio, pero no lo soy, ven acércate, ¿ves?... me ves mejor, lo sé, mi rostro era algo encendido, mis ojos eran brillantes, mi boca entre líneas muy marcadas se ve que era muy parlanchina, ahora sólo tengo el labio inferior. Me gustaba decir que “El que anda entre miel algo se le pega”… Cierto que el pulque no es miel; pero guárdenos Dios de negarles sus propiedades pegajosas. 
No dejába pasar ninguna oportunidad, lo he visto, siempre estamos buscando los beneficios, tenemos la facilidad de convencer a la gente, crean o no; un vaso de chela o pulque persuade más que otra cosa, bueno menos que las mujercitas. En la mañana cuando abría siempre se me acercaba un hombre miserable y casi desnudo a ofrecerme sus servicios por entibiarse el alma con un vaso de pulque. Mientas yo me encargaba de otras tareas. Los clientes empezaban a llegar e iba teniendo control con forme al “vaseo” que hacía, siempre los mismos bebedores solos con sus estómagos, con sus hígados y nomás. Empezaban por un vasito, porque si les hubiese dado todo lo que bebían no traían otro recipiente con ellos, más que sus tripas sus tripas. Después de tres son los clientes predilectos para que “inviertan en el negocio.” Esto nunca va a cambiar.
Así era mi vida y ahora que tengo la oportunidad mejoraré las cosas y los zombis pulqueros serán los que te robarán una mordida y quedaremos en la memoria. Jamás habían visto en la loza funeraria el nombre de pulquero pero aquí lo dejaré
Aquí descansó y despertó:
ALBINO AGUADO, vendedor de pulques.

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