jueves, 29 de noviembre de 2012

El gato pitagórico. Parte 1. (colaboración de nuestro escritor zombi Juan Bautista Morales)






Hola, leo su revista asiduamente, seguramente me recordarán pues también colaboro con bastante frecuencia, mi nombre es Juan Bautista Morales.
Antes que nada, quisiera felicitarlos por haber cumplido ya siglo y medio, he notado diversos cambios en su publicación desde que inició hasta ahora, como que se han adaptado al mundo virtual. Les agradezco esta nueva posibilidad pues, bajo mis actuales condiciones, se me dificulta cada día más asistir al correo para enviar mis cartas. Gracias por seguir publicando a mis contemporáneos y darme la oportunidad de continuar leyéndolos.
Habiendo dicho esto, retomaré la razón de mi participación, que es narrarles una curiosa anécdota que me sucedió recientemente.


Felis Chaus, Douglas Hamilton, 1892. 

I. EL GATO PITAGÓRICO
Estaba yo paseando por la ciudad de México mirando los diversos cambios que han ocurrido a lo largo del último siglo, admirado de aquellos gigantes puentes de concreto que soportan el peso de tanto automóvil, sorprendido de esos edificios altos repletos de espejos  que reflejan el cielo, y horrorizado de las estampas de policías en paracaídas que adornaban por esos días el edificio de la PGR (aquí debo añadir que envié una carta quejándome y esa es la razón por la cual las calcomanías que atentaban contra la salud visual fueron retiradas), en esas y otras cosas iba meditando cuando, al cruzar por el bosque de Chapultepec, noté que un gato me observaba. Era tal la fuerza de su mirada y era un animal de tan gran belleza, que me acerqué lentamente con la idea de acariciarlo. Al tocar con mi mano su cabeza, el gato, que había permanecido quieto hasta ese instante, me habló.
¡Habrán imaginado ya el susto que me ocasionó!, de no ser porque mi cuerpo ya no es el de antes y a veces, ante un movimiento brusco, mis brazos se desprenden, habría salido corriendo.
-          ¿No me reconoces? – interrogó el felino.
Yo he vivido muchos años y he conocido a miles de gatos; mi memoria, además, falla cada día con mayor frecuencia. El gato que vino entonces a mi mente fue uno que tuve cuando era niño, pero tras sacar una rápida cuenta mental, cosa que hoy nadie sabe hacer, me di cuenta que, por más que esta fuera su séptima vida, este gato no podía ser el mismo.
-          Nos conocimos cuando estabas vivo – dijo – en ese entonces me presenté ante ti con la forma de un gallo.
¡No podía creerlo, después de tanto tiempo aquél preciado espíritu seguía rondando por este país!
-          No creas – dijo adivinando mis pensamientos – que he estado aquí todo este tiempo. He recorrido, desde nuestra última charla, diversas latitudes, he presenciado caídas de gigantes muros y de gigantes sistemas políticos, he participado en guerras y revoluciones, he observado hambrunas y masacres, he visto ideas sustituir a otras, he mirado líneas y puntos a las que llaman arte. Soy consciente de que el mundo es otro, he visto expandirse rápidamente el dominio mundial de aquellos que pintan barras y estrellas en su bandera, así como en sus blusas, en sus carros, en sus caras y en sus calzones; me preocupa mucho que el mundo se rija ahora bajo sus normas, bajos sus filosofías reductoras que limitan el tiempo a ser dinero, bajo sus actitudes y su capacidad de vender a su madre por un dólar, ¡qué digo por un dólar!, por un penny. Si he regresado a tu país es porque creí que quizás con el tiempo todo habría cambiado y vine buscando un cuerpo digno al cual pertenecer.
-          Pero, ¿Por qué has decidido esta vez ser un gato – pregunté
Fue entonces que el bellísimo animal me narró su experiencia en el México del S.XXI.

 II. CAMPESINOS

Llegué a México un día de muertos y, debido a la fecha, encontré visitando el país a muchos espíritus jóvenes. Eran los muertos de las décadas recientes, los que aún son recordados por los vivos y que visitan todavía año con año, hasta su olvido, el mundo material.
Me acerqué a ellos, quienes, cordialmente, me invitaron a unirme a una de las miles de mesas en las que se llevaba a cabo un masivo convivio. Me ofrecieron tamales, atole, pan de muerto, tequila, chocolate, mole, arroz y muchas otras delicias que sus familiares habían dejado para ellos. Entre la comida y la plática surgió el tema de mi visita y no tuve más opción que narrarles mis experiencias y explicarles el motivo de mi presencia; les dije que buscaba el cuerpo de un mexicano para vivir como tal en este mundo y afirmé, como primera opción, mi deseo de ser un tranquilo campesino o granjero, ocupado únicamente de cuidar mi ganado o de cultivar mi pedazo de tierra.
-          No te equivoques – dijo un hombre que yacía sentado en una esquina y que, hasta ese momento, no había hablado mucho con nadie – en la ciudad han idealizado desde hace siglos la imagen del campesino. Yo en vida fui uno de ellos y me di cuenta de que no existe tal bondad original y campirana. Yo, puedo asegurarte, intenté ser un buen hombre, cuidé de mi familia y de mis cabras y trabajé arduamente pues cada día es más difícil sobrevivir en este país. Nací de manos de una partera, de esas que dicen que ya no existen, crecí educado por mi padre, quien hablaba de fortaleza y amaba el alcohol. Me casé como es debido y tuve 3 hijos y 4 hijas. Nunca confié en el citadino porque mis parientes y amigos decían que era malo, cuando uno llegaba lo mirábamos con rencor y miedo, incluso en el pueblo vecino lincharon a unos, que por rateros. A pesar de eso mi propio cuñado me hizo una mala jugada: me robó mis cabras y lo hizo parecer legal, yo no entiendo mucho de esas cosas, pero él alegó que eran de mi hermana, y por tanto suyas, por herencia de mi padre. Otro hombre,  alcalde del pueblo, me robó gran parte de mi rancho alegando que era territorio federal. Todos esos hombres eran, como yo, campesinos, dueños de pequeños territorios; pero no les gustaba que yo tuviera un poco más que ellos, envidiaban que por mi terreno pasara el río, y aunque a ellos no les afectara, les molestaba que me beneficiara a mí. Poco a poco fui aprendiendo a ser como ellos, para poder sobrevivir en este país.
-          Definitivamente – dije – no quisiera rodearme de esa clase de gente. Yo había escuchado que la gente del campo es muy buena, pero creo que en definitiva preferiría vivir en la ciudad.

III. ARTISTAS

-          Me gustaría – dije- aprovechando que la ciudad es el lugar de la cultura, ser un artista, un bohemio: escribir versos o pintar cuadros, crear esculturas, actuar en teatros, cantar, tocar el piano…
-          No te emociones – dijo un hombre que, agarrado a la botella de tequila desde mí llegada, se sintió aludido ante mis palabras – en vida yo fui pintor; joven e iluso creía en el arte. Tenía talento natural, eso decían, y comprendí que no podía vivir haciendo cualquier otra cosa. Yo sabía que en este país no hay oportunidades para el arte, pero si pintaba no era por ser famoso, sino porque creía que era el medio para cambiar el mundo. Mucho me he reído ya de mí. El mundo del arte, te diré, está lleno de falsos artistas. Se reúnen a ensalzarse, se presumen sus cuadros o sus poemas y se los aplauden. Para creer que están haciendo cosas importantes, se entregan premios los unos a los otros, se autoproclaman jurados y ganadores. Les encanta que la gente les diga que son maravillosos y elogian para ganar afectos y contactos. Además, están tan absorbidos en sí mismos que son incapaces de ver el mundo que los rodea. No creen en nada más allá del arte y creen tan absurda y abstractamente en él que lo proclaman dios. No se percatan que igual que muere el tendero, ellos morirán, e igual que la tienda se derrumba con el tiempo, con un poco más de tiempo, sus obras se borrarán. Su trabajo es insignificante y los necios no lo usan como medio de catarsis sino como un fin cerrado y completo como un círculo sagrado.
- Eso que me dices – contesté – me parece abrumador. No podría convivir seguramente con ese tipo de personas.


Continuará….

No hay comentarios:

Publicar un comentario